No os podéis imaginar la veces que en los cursos que doy de Mindfulness, cuando la gente empieza a meditar, me preguntan si lo están haciendo bien… 

Y es que muchos de nosotros hemos sido educados bajo el paradigma del “niño bueno”, el que todo lo hace bien o el que todo lo tiene que hacer bien. Y cuando hemos crecido seguimos arrastrando esa necesidad de aprobación y de perfeccionismo a nuestra vida: tenemos que sacar buenas notas, tenemos que ser la madre/el padre perfecto, tenemos que tener el cuerpo perfecto, tenemos que ser simpáticos, tenemos que estar todo el tiempo contentos, etc…

Vivir bajo la carga de esa exigencia nos hace vivir bajo el yugo de la ansiedad, como el burro que trata de alcanzar la zanahoria sin lograrlo nunca. Porque os voy a contar un pequeño secreto que ahora sé… La perfección no existe. Es más, tratar de ser “perfecto”, además de irreal y aburrido, es muy cansado y causa de gran infelicidad.

Si rascas un poco más en ese querer ser perfecto… ¿qué hay detrás? Tal vez un niño o una niña que buscaba que su padres estuvieran contentos con él, y que de alguna manera, equivocada, entendió que esa era la forma de conseguir el amor de sus padres. O ese niño o niña que quería que le aceptasen en su grupo de amigos y consiguió su sitio a través de “hacer las cosas bien”. Pero eso no se sostiene con el tiempo, tu cuerpo no aguanta, porque la verdad es que somos seres humanos, perfectamente imperfectos.

Meditar y encontrarse con uno mismo cara a cara permite darte cuenta de que tu experiencia, aquí y ahora, es perfecta. Que tu eres perfecto y que no tienes que hacer nada. No hay que meditar bien o mal, simplemente hay que hacerlo (que ya es bastante).

Cultivar Mindfulness, es cultivar la vida. Cuando te das cuenta de que no hay que hacer nada, que ya eres perfecto, que solo tienes que SER: ser madre/padre, ser hijo, ser amigo, ser persona… entonces la vida se torna mucho más liviana. 

Esto no quita que tratemos de dar lo mejor de nosotros cuando hagamos las cosas. Pero la perspectiva de hacerlo desde nuestra humanidad, imperfecta, hace que lo podamos hacer sin la presión de tratar de buscar la aprobación o el amor de los otros. Sino haciéndolo desde el amor que emana de ti, como ser humano.

Mirar haciendo dentro y darnos cuenta de nuestros miedos, de nuestra vulnerabilidad, requiere de una mirada valiente y amorosa hacia nosotros mismos. Esa mirada diferente que aporta la práctica de Mindfulness y que nos permite reconciliarnos con nosotros y con la vida.

Y es que, la vida, nosotros, somos perfectamente imperfectos y esto es maravilloso.

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