“Algo habrás hecho”, escuchaba muchas veces cuando llegaba del colegio quejándome por alguna cosa que me había dicho el profesor de turno.
Y efectivamente, algo habría hecho, porque no se puede estar vivo sin hacer nada. Esta frase se oía no solo en mi casa, si no en la casa de muchos de mis amigos. El profesor tenía toda la autoridad del mundo y, el niño ninguna.
Ahora la tornas han cambiado, cuando los niños llegan a casa quejándose del profesor la respuesta suele ser del tipo “¡Hay que ver con estos profesores!”. Es decir, el profesor ha perdido su autoridad. Esto crea muchas veces inseguridades a la hora de actuar con los alumnos: Mejor no digo nada, no vaya a ser que me meta en un lio…
Uno de los pilares fundamentales para que la educación sea un éxito es la confianza de los padres hacia los profesores, y viceversa. La escuela debe ser un sitio donde exista implicación por parte de los padres, y colaboración entre unos y otros. No se puede dejar que toda la responsabilidad de la educación recaiga sobre los profesores, ni se puede considerar al profesor como el enemigo (“el que suspende”) aunque esto ocurre en muchas ocasiones. Debería existir un equilibrio, una puesta común, entre ambos para conseguir el mejor desarrollo posible de cada uno de los niños.
Por otro lado,
creo que el ejercicio de escucha de los hijos por parte de los padres es básico. Los niños son seres bajitos, pero no por ello sus opiniones dejan de ser importantes. Lo son a su nivel y para ellos, y aquello que cuentan y comparten debe ser escuchado y valorado con total respeto. Porque eso es lo que aprenderán y ejercitarán a lo largo de su vida.
Naturalmente, todos “hacen algo”, profesores, niños y padres. Y todos deben asumir la responsabilidad de aquello que hacen y todos deben contribuir a que esto sea así. ¿Estás dispuesto a asumir la tuya?
Una vez, hace ya unos cuantos años, una persona me dijo: “Un joven sin preguntas será un adulto sin respuestas”. Me gustó mucho la frase, pero me gustó más la respuesta de mi primo al hilo de esto, que me dijo: «Un adulto sin preguntas estaría muerto».
Y no puedo estar más de acuerdo con mi primo, porque una persona que no se cuestiona las cosas que suceden en su vida, deja de aprender, deja de crecer y poco a poco la monotonía invade su vida, convirtiéndola en una muerte lenta.
Cuando somos pequeños pasamos por la etapa del “¿Por qué?”, que vuelve locos a los padres. Y después, ¿qué ocurre con esa curiosidad? ¿Con ese plantearse las cosas? Poco a poco vamos dando por sentado que las cosas tienen que ser así porque sí…
¿Os podéis imaginar un abeja que no prueba el néctar de nuevas flores? ¿O un perro que deja de olisquear todo porque ya ha olido mucho en su vida? ¿O un águila siempre alrededor de la misma montaña? Yo no puedo, y sin embargo es lo que hacemos nosotros. Dejamos de investigar, de preguntarnos cosas, de experimentar porque damos por supuesto que lo que sucede es lógico, cuando no es cierto. La vida está en continuo movimiento y una cosa que es cierta hoy, puede no serlo mañana.
De hecho, uno de los motores de la Ciencia se basa en preguntarse por qué sucede lo que sucede y qué pasaría si se cambiara algo.
¿Por qué los libros tienen que ser rectangulares? ¿No pueden ser redondos? ¿De qué otros materiales pueden estar hechos los coches? ¿Se podría cultivas sandías cuadradas? Nuevas preguntas que llevan a nuevos resultados.
¿Y qué pasa con nuestra vida? Damos por sentado que las cosas son así porque sí. Pero esto no es cierto. Todo a nuestro alrededor cambia, y sobre todo cambiamos nosotros.
Así que de vez en cuando está bien que tu curiosidad se dirija hacia ti mismo y revisar : ¿Para qué sigues haciendo eso que no te gusta? ? ¿Qué es lo que da sentido a tu vida? ¿Qué es lo que te gustaría estar haciendo en este momento? ¿Qué es lo que te lo impide?
Tampoco es cuestión de volverse loco. Pero de vez en cuando está bien darle un repasito a nuestra vida, y ser nosotros los que lideremos nuestra vida y no se la vida la que nos arrastre a nosotros.
¿Cuántos «es que» utilizas al día? ¿Y cuántos «pero»? Nos pasamos la vida justificando lo que hacemos y poniendo «peros» a lo que nos rodea. Es una forma de protegernos frente a lo que nos da miedo asumir. De esta forma nos sentimos seguros con nuestra forma de entender el mundo, y nos convertimos en víctimas del afuera.
Esta forma de actuar solo revela que nos da miedo hacernos responsables de nuestras vidas: de nuestras elecciones, de nuestros sentimientos y emociones. En definitiva de nuestra propia vida. Sin embargo, asumir la responsabilidad en lo que hacemos es la única forma de empoderarnos, de sentir y saber que somos dueños de nuestra vida y no la vivimos conforme a lo que otros quieren.
A veces, incluso, justificamos el comportamiento de alguien cuando en verdad lo que estamos haciendo es tratar de justificar que nosotros haríamos lo mismo en esa misma situación. Así ponemos la protección antes… No vaya a ser…
Hablando con mis compañeros de trabajo siempre hay alguno que justifica su comportamiento diciendo: «Claro, es que yo soy Leo» (y c
on eso parece que está explicado todo…:-)). Y sin embargo, mucho más allá de la etiqueta que te han otorgado (y que tu te has creído) eres una persona que hace cosas, y de esas cosas que haces el único corresponsable eres tu. Así que si das malas respuestas a alguien, no lo justifiques diciendo que eres «Leo», asume las consecuencias de eso, «recalcula ruta» y aprende para que la próxima vez que te encuentres en una situación similar puedas reaccionar de otra forma más enriquecedora. Si no te quedarás bajo el parapeto de la etiqueta y no crecerás como persona. Serás como un niño al que se le derrite el helado y llora echando la culpa al helado…
No obstante no dejamos de ser personas, y creo que también tenemos derecho a quejarnos «un poco» de lo que nos sucede, para luego tomar las riendas de nuestra vida. Hace poco una amiga me comentaba que ella se permite «diez minutos de victimismo» (ni un minuto más). Durante ese tiempo jura y perjura, y echa la culpa de todo lo que le pasa a los dioses, los vientos y las lluvias, llora, grita y patalea… Pero pasado ese tiempo, se acabó, y
entonces se pregunta: ¿Y qué voy a hacer con esto ahora? ¿Qué puedo aprender de esta situación? Se empodera y construye su vida.
Yo creo que es un buen sistema para crecer y tomar las riendas de tu vida. Y tu, ¿te atreves?
La amistad. Los amigos forman parte de nuestra historia vital. En este artículo te doy hablo de cómo cuidar la amistad para que perdure en el tiempo.